Archivo del blog

miércoles, 7 de julio de 2010

Historia de un huerto

Érase una vez la historia de un pequeño huerto de una casa antigua que sobrevivía estoicamente a un fenómeno conocido como el Ladrillazo.

Nuestro huertecillo se llamaba el Dominguero, pues su cuidador se pasaba la totalidad del Domingo quitándole las malas hierbas, fertilizándolo, cavándolo y bañándolo como buen marqués con su jabón particular llamado Detritus Boñigus, 'jabón' de altas propiedades nutritivas y particularísimo aroma, eso sí, dejaba la tierra nutrida en su máxima expresión.

El huerto tenía dos parcelas, la primera, que se encontraba una persona al subir las tortuosas escaleras tenía forma cuadrada y en ella estaban plantados los girasoles, acelgas, tomates, berenjenas, calabacines y fresas. Ocio, comida y placer se daban la mano en tan exiguo espacio.

La segunda parcela, de planta rectangular, estaba cultivada por esa planta que nos saca las penas más hondas de nuestro corazón y si nos descuidamos algún moquillo también. Las cebollas situadas al NE, información importante por si se olvidaban de echar raíces y se perdían, crecían tranquilamente y veían como las tomateras, en su parte aérea, necesitaban de una extraña estructura formada por esas cosas que tenía nombre de cerveza y vivían cerca del río. ¡Qué vida más irónica la de las cañas!  Protegían al río y como recompensa, las cortaban de cualquier manera, las dejaban secarse y debían aguantar a los trepas de los tomates.

Aunque lo realmente importante se cocía (en el sentido metafórico de la expresión) bajo tierra. Las raíces, al no ser vistas, escarbaban la tierra en busca de Detritus Boñigus y de esa molécula compuesta por dos átomos de hidrógeno y una de oxígeno. De vez en cuando se reunían y compartían información procedente del exterior. Como todos sabéis en las reuniones de vecinos siempre hay algún vecinillo díscolo y era conocido como 'Las Malas Hierbas' y se extendía por todos sitios, entre el barrio conocido como Las tomateras y el berenjenal.

Eran las reuniones bastante tensas pues el Malas Hierbas no fructificaba y le iba  la marcha, consumiendo recursos de los que pagaban cuota. No lo plantaba nadie y allí crecía. En la calle Tomatus Vermellus, las raíces más cotillas comentaban que las ásperas hojas del calabacín habían sufrido una fiesta de caracoles que aunque lentos, engullían todo aquello que se ponía a tiro, dejando tras de sí una baboseante senda de destrucción.

Se comentaba también que cierta mujer estaba interesada en algunas flores del huerto e iba cada tarde, al morir el Sol, a regar con esmero y a retratar con un artilugio bastante grande a todo aquello que se pusiera a tiro de objetivo. Para tal menester, las flores se mostraban bellas y relucientes esperando su turno a ser fotografiadas. La flor de la berenjena,  remolona ella, aun no había salido, pero la pequeña y amarilla flor del tomate desafiaba a la gran y caprichosa flor del calabacín. El que guardaba un secreto era el girasol. Un matemático, cientos de años atrás cuando el viejo y ya decrépito continente languidecía bajo las epidemias de peste, descubrió la caprichosa , pero perfecta, forma de distribución de las semillas de girasol. En su honor la secuencia que descubrió fue mundialmente conocida con la Sucesión de Fibonacci. Para gran escarnio de la mayoría de los estudiantes de matemáticas.

Las raíces, ajenas a todo este submundo matemático, vivían enterradas, discutiendo sobre pulgones, cambios climáticos, sulfatos, nitratos, okupas herbáceos y plagas cuando llegó un día en el que la comunicación con las hojas cesó y una fuerza descomunal tiró de ellas y al fin descubrieron el mundo. Aunque lo poco que vieron , no les gustó, pudieron comprobar, camino a la planta de compostaje, que las frutas habían alimentado a otros seres que las abejas continuarían polinizando y que una semilla de tomate crecía en una mini maceta esperando ansiosa el ser transplantada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario