Esta que veis aquí es la historia de un hombre que no pudo pagar a Caronte y se transformó en fantasma. Como todos ya sabéis los fantasmas aprovechan la oscuridad para hacer sus apariciones estelares. Sus almas yerran en el mundo de los vivos, mientras sus cuerpos yacen en algún mausoleo de algún cementerio o enterrados en alguna parte de un camino donde Átropos, la última de las Parcas, les corta el último hilo de vida a los incautos caminantes de la vida.
Nuestro fantasma había sido una persona normal y corriente durante toda su vida. Era de ese tipo de gente que mueve un país en el anonimato. En vida se levantaba a las seis de la mañana para ir a trabajar a la oficina del centro de su ciudad. Se vestía con su traje gris, su corbata gris y su paraguas gris para los días grises. Un día, después de la jornada de trabajo, las Parcas le estaban esperando.
Mientras Cloto y Laquesis hilaban y debanaban respectivamente, Átropos afilaba las tijeras. Nuestro amigo se subió a un taburete para coger un libro del último estante, se puso de puntillas, cambió su centro de gravedad, trastabilló y en el momento que su cabeza comprobaba la dureza del suelo, Átropos corto un hilo.
Al despertarse nuestro amigo vio a tres ancianas que hacían ganchillo. La que sostenía unas tijeras oxidadas en su arrugada mano derecha, tenía una extraña sonrisa en su desdentada boca y le habló así:
Si a Caronte no puedes pagar,
por la Tierra tendrás que vagar.
Y así fue como el oficinista gris se convirtió en fantasma. Al principio, seguía yendo a su trabajo y comprobó que pasados unos días después de su muerte, nadie le echaba de menos. La planta de su ordenador se fue marchitando hasta que fue tirada a la basura junto con la colección de postales que adornaban su escritorio. Su sorpresa fue cuando descubrió que el Director General, muerto desde hacía dos años en extrañas circunstancias, intentaba dirigir la empresa en vano.
Nuestro fantasma decidió ver mundo y como ya estaba muerto hizo cosas que en vida le hubieran provocado la muerte inmediatamente. Descendió a las profundidades, donde el Capitán Nemo le guió para que viera los bichejos que habitaban en el Mar. Se coló en un avión y saltó al vacío sin paracaídas, contempló el mundo desde el Everest y descubrió que los que no tenían nada, lo daban todo. Y los que lo tenían todo, no daban nada. Uno de los inconvenientes de visitar según que lugares era la masificación, si se le podía llamar así, de fantasmas deseosos de ver en muerte lo que en vida no pudieron ver salvo en fotos. Había colas para visitar castillos, subir montañas y ver puestas de Soles....
Descubrió también que había fantasmas buenos y fantasmas malos. Y que estos últimos vivían en ciertos castillos con la secreta esperanza de robar los más preciados tesoros...
Una fría mañana de invierno, nuestro oficinista fantasma se quejaba que la Muerte le había dejado frío, así que fue a ver a las Parcas para ver si podían tejerle algo con lo que guarecerse del enemigo del calor. Aunque las amantes de la Muerte tenían un aspecto que solía tirar para atrás cuando uno las veía, tenían un trato amable hacia aquéllos que no habían podido pagar al usurero de Caronte. Y las Parcas accedieron a hacerle alguna prenda con el fino hilo blanco con el que solían trabajar.
Las funciones de las Parcas sólo eran hilar, debanar y, para desgracia de muchos, cortar. Así que la confección era una actividad nueva para las tres ancianas. Cogieron la aguja del ganchillo y empezaron a tricotar. Hay que recordar al estimado lector que cada movimiento de una Parca constituía una acción en la vida. De hecho, las Parcas fueron las precursoras del Vuduuu. Por cada nudo que hacían en un hilo, la persona sufría un dolor agudo en alguna parte de su cuerpo. Cada vez que los hilos trenzaban, la vida del simple mortal se complicaba un poquito más, y si, por equivocación, un hilo se desgarraba, al pobre humano le entraban ganas de hacer testamento.
Una vez las Parcas hubieron finalizado su trabajo no remunerado, le entregaron a nuestro fantasmilla una pieza de ropa ligera y cálida. tenía forma rectangular y únicamente disponía de dos aberturas en el centro. Cuando se puso la capa encima, tenía un aspecto un tanto cómico ya que todo su cuerpo estaba envuelto por una sábana blanca con dos agujeros a la altura de los ojos que le permitían ver sin darse un cebollazo. Dándole las gracias a las Parcas, que cada vez eran menos feas, el fantasmilla recién licenciado, volvió a vagar por el mundo. Visitó el Polo Norte donde conoció a Frankestein, evitó Transilvania donde se suponía vivía un chupasangres con su harén. Regresó al Everest donde conoció al Yeti que había muerto porque ya nadie creía en él.
Harto de vagar por el ingrato mundo, volvió a las orillas del río Aqueronte donde un jorobado Caronte aguardaba pacientemente en su barca, timón en mano, almas a las que transportar. Los que llevaban los remos, solían ser las Erinias que atormentaban a aquellos que no habían sido buenas personas durante su vida.
Y he aquí como la fortuna sonrió a nuestro fantasma. Caronte vio como un alma errática tenía una valiosa capa zurcida por las Parcas. Hacía años que deseaba una capa como la que veían sus infernales ojos y de esta forma le ofreció un trato a nuestro fantasma. Él le llevaba ante Hékate y a cambio él le daba la capa. Y así fue como el fantasmilla estuvo al lado de Alecto, Megera y Tisífone, charlando de lo mal que estaba el mundo mientras Caronte con su nueva capa navegaba por las turbulentas aguas del Aqueronte.
Llegaron a un castillo negro que contrastaba con el rojo del fuego que envolvía al infierno. Tres perritos fueron a recibir al oficinista y tras ellos, apareció la reina de los fantasmas, Hékate. Como todos ya sabéis, los dioses saben que ocurre con sólo una mirada, que para algo son omnipresentes y lo saben todo de antemano.
Y así fue como nuestro fantasmilla dejó de serlo y su alma inmortal descansó al fin en paz.
Las Parcas continuaron con su faena tradicional y dejaron la confección a Penélope, pues cada vez que intentaban tejer una alfombra, el mundo se sumía en una crisis.
Caronte disfrutaba cortado y uniendo los hilos que formaban su capa, provocando infartos y otras tantas maniobras de reanimación cardiopulmonar en los humanos. Más de un muerto se quejó ante las Parcas por semejante despropósito. También hubo otras personas que se creían reyes de algún lugar lejano después de que el barquero uniera diferentes hilos.
FINIS
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