Conforme iba caminando, Hékate dejaba atrás al sol que buscaba un refugio bajo las montañas. Bajando por el desfiladero e intentado no dar un paso en falso para no llegar antes de tiempo al pie de la montaña, divisó unos puntitos luminosos. Allí abajo, a lo lejos, se erigía un pueblo formado por casas de base hexagonal, cuyas cúpulas no permitían contemplar el extraordinario cielo nocturno manchado de estrellas que, brillando desde el mismísimo infinito, deleitaban con su viejísima luz a las dos lunas de Aedur, y llenaban de luces y sombras a aquellos paisajes.
Temerosa del contacto con la gente, decidió no dirigir sus pasos hacia el pueblo; fue dirección sudeste y le siguió la corriente al río que discurría por aquel pueblo. Sin embargo, a pesar de su anchura y caudal, las aguas se mostraban cautas a la hora de penetrar en un bosque de árboles centenarios y fluían por todo el perímetro del bosque.
Las ramas de los árboles caían elegantemente y, formando unas parábolas tristes, se enredaban con otras ramas que, incapaces de soportar su propio peso, se retorcían, caían y unían a las primeras. En los intersticios que dejaban las ramas, las flores y las hojas eran las encargadas de dar color al bosque, al menos, en su parte superior y a vista de pájaro, ya que dentro de él, la luz no podía alcanzar el suelo. De esta forma, la única vegetación que acompañaba a la eterna noche del bosque eran los helechos y el musgo que, robándole la energía a las raíces de los árboles, crecían por todo él.
vaya vaya ...felicidades...veo que además de una gran fotografa....de una chica simpatica y amable...de una gran hija y una gran trabajadora...de una gran amiga ...eres una gran escritora ....felicidades¡¡¡
ResponderEliminarMe ha encantado el relato.
Hola Bea..
ResponderEliminarque buen relato!
al fin actualizaste aqui.
Un beso enorme amiga